Abr 262009

La película de Javier Fesser “Camino” podría asimilarse a una batidora de sentimientos. Independientemente de la mezcla de relidad y ficción, los paralelismos con una historia real, la historia remueve en las entrañas y hace pensar y dirigirte hacia muchos y diferentes caminos, según el punto de partida en el que uno se encuentre y las posibilidades que esté dispuesto a plantearse. Desde luego que es recomendable, a pesar de su dificultad, despojarse de cualquier prejucio tanto desde un punto de vista crítico o favorable ya no al Opus Dei, sino a la manera de entender la vida por alguien que espera algo más después de la muerte.

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La trama se inicia mostrándonos parte del desenlace, un cruel final que el espectador sospecha. Sólo falta conocer el desarrollo de los hechos, trazados por unos personajes que se abandonan a su sino empujados por la misteriosa fuerza de la fe: una madre abducida, la hermana acompañada de la inquietante sombra de la duda, el padre sin fuerzas ni coraje para dar el necesario golpe de timón, los “guías” espirituales movidos por intereses más terrenales y la protagonista, motor del drama, representación de la inocencia y del amor en sus diferentes formas, convertida sin querer en modelo ejemplarizante de almas en pena. Personajes llevados al límite, tal vez unos espejos en los que mirarnos y hacernos pensar acerca de lo más profundo de nuestro ser.

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Una niña postrada en la cama de un hospital a punto de morir, da una lección de vida a seres aparentemente sanos, que en realidad no son mas que individuos vacíos que buscan desesperadamente un sentido a su vida, un fin que se niegan a encontrar aquí y por supuesto buscan en un más allá. Esperan, de boca de una niña que roza el fin de su existencia, palabras, argumentos, contactos, que dirijan sus mediocres vidas hacia la esperanza de un mundo mejor. Son títeres del teatro de la vida necesitados de inyecciones de fe o credibilidad sin concesiones ni evidencias. La paradoja es que la moribunda niña, cargada de fantasía, inocencia y amor, mucho amor, el verdadero motor de la vida, se encuentra mucho más lejos de que muera su ser que cualquiera de los vivos que le rodean. Y es que el rico mundo del individuo, la hermosura del ser, por mucho que uno se encuentre cabalgando hacia la muerte, hace vivir a uno con más intensidad que cualquiera de las almas en pena que pasean por ahí.

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Como todo drama tiene un desenlace y uno saca sus conclusiones. Las mías, despojadas de creencias, religiones y fanatismos, tienden hacia el amor, el verdadero amor, el que se ofrece sin concesiones, sin esperar nada a cambio. El amor hacia uno mismo: reconocerse, aceptarse y valorarse como indiviudo. A partir de ahí, extiéndelo alrededor: el amor hacia una mujer, un hombre, un padre, una madre, un hijo, una hija…. El amor, el auténtico motivo, el necesario y suficiente para vivir y, como no, para morir. No pierdas el tiempo en buscar muy lejos, todo está más cerca de lo que piensas, posiblemente esté dentro de tí.

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He intentado no entrar en la polémica de los paralelismos con el caso verídico en el que se inspiró la película. El que quiera profundizar en ese sentido puede consultar los siguientes enlaces y hacerse su propia idea del asunto: