Acabo de finalizar la lectura del libro Blancas Bicicletas: creando música en los 60 (White Bicycles: making music in the 60’s), en el que se narra en tono autobiográfico como evolucionó el panorama musical en la década de los 60 y parte de los 70, y la influencia que ejerció sobre toda una generación. El autor del texto es Joe Boyd, el que fue productor musical de gente como Pink Floyd (produjo el primer single), Fairport Convention, The Incredible String Band, Nick Drake, además de muchos otros grupos a lo largo de su carrera.
Lo bueno del libro es que quien lo escribe lo hace en primera persona, contando lo que pasó en aquellos convulsos años, algunas veces para desmitificar, otras para simplemente poner claro algunos aspectos, pero siempre, manteniendo una bonita sensación de nostalgia, sintetizada en el principio y final de un capítulo del libro que me gustó especialmente. Joe Boyd, norteamericano de nacimiento, se sorprende de que en un pequeño establicimiento ultramarinos londinense, al pedir un bocadillo de jamón y queso no le sirviesen semejante combinación por parecer un insulto a la tradición británica. Él, en aquél momento, pidió dos bocatas, tiró dos rebajadas y juntó jamón y queso haciendo uno sólo. Tras analizar la evolución en la producción musical hasta nuestros tiempos, al final del capítulo se descuelga con la siguiente sentencia: “Lo he pensado mejor, póngame un bocadillo sólo de queso, por favor“.
Boyd acompañó en una gira por Europa a la Blues and Gospel Caravan, un grupo de experimentados músicos de blues, que en aquel momento no eran precisamente la corriente principal en los EUA. La aventura era cuanto menos arriesgada, teniendo en cuenta que para alguno de ellos (Muddy Waters por ejemplo), era la primera vez que tocaban ante un público blanco. La sorpresa fue monumental, aunque por otra parte esperada por Boyd, las actuaciones fueron un éxito de público y crítica.
Desde su productora “Witchseason productions” estableción lazos con discográficas como Elektra, Polydor y sobre todo la importante vinculación con Islands y su fundador Chris Blackwell, con quien produjo trabajos para Fairport Convention, The Incredible String Band y Nick Drake. Durante lo que puede parecer un corto periodo de tiempo, la intensidad del mismo dejó su factura quedándose bastante gente por el camino, unas veces por el abuso de drogas otras por situaciones mucho más complejas, que tendían a simplificarse por la existencia de las citadas sustancias. Un caso particular fue el del ahora considerado autor de culto Nick Drake, un músico folk puro con una personalidad complicada.
En compañía del agitador John Hopkins (a.k.a. Hoppy), co-fundó el garito psicodélico londinense UFO. Ahí sí que me gustaría haber estado, un lugar en el que además de tener un buen staff especializado en promover viajes astrales, se pudo disfrutar de los primeros Pink Floyd, que por aquél entonces aún contaba con Syd Barrett, ya con ciertos problemas con la realidad. Por no hablar del festival de Newport en 1965, en el que se marcó, con Dylan como actor principal, un cambio en el modo de escuchar la música en vivo, con división de opiniones entre un público que se alineaba con una corriente de artistas emergentes y “amplificados” y otra parte que veía como la vieja guardia folk unplugged se tenía que hacer a un lado para abrir paso. Dejo una pequeña muestra del evento citado y espero que con esta pequeña reseña haya conseguido en pequeña escala lo que el libro ha conseguido conmigo. Por cierto, es una constante en el libro el trasfondo político y social tan importante en aquellos años, en los que se iniciaban importantes cambios en la sociedad civil y sus derechos. Por desgracia aún queda mucho por hacer en ese campo, sobre todo en la conciencia social, que parece ir a un ritmo mucho más lento del que podría haberse imaginado en aquellos tiempos.
Acabo de terminar un libro que debí haber leído hace mucho tiempo. Seguramente mucha culpa de que eso fuese así pudo deberse a que la “recomendación” procediese de un profesor del instituto y que yo, a pesar de no llamarme Holden Caufield, como el protagonista del texto de J.D. Salinger, puede que sí me encontrase en ese estado interno propio de la adolescencia y sus años residuales, en los que todo es sospechoso de ser impuesto por el “enemigo” adulto.
Pues bien, como muchos ya sospecharán “El guardian entre el centeno” es el libro que me he leído, acompañado de una impertinente sensación de culpa que aumentaba a medida que se desarrollaba la lectura, todo ello por no haber hecho caso a Doña Carajillos (nombre ficticio que va muy bien con sus gustos matutinos), mi profesora de literatura por aquellos maravillosos años. Menos mal que le hice caso en algunos otros y sí leí, por ejemplo, “La lluvia amarilla” de Julio Llamazares. Al hilo de esto úlimo, recuerdo como el escritor aragonés Ignacio Martínez de Pisón, debió de ser amablemente invitado a juntarse en el salón de actos del instituto con una buena manada de hormonados entre los que me encontraba, un planazo vamos, e hizo una de esas cosas que, al menos esa impresión me dió, no les apetece nada a los escritores y es someterse por temas promocionales a cuestiones, no ya sólo de los alumnos, sino de los profesores. Uno de éstos, crecido ante el autor, le expresó su parecer de la obra y le expuso, según su particular criterio, las reminiscencias cervantinas que allí había encontrado, ante tan magna elevación de su obra el escritor, con cara de sorpresa y sin cortarse ni un pelo, le espetó a la ya por ese instante nerviosa educadora “usted habrá visto en el libro cosas que al parecer yo no he alcanzado a descubrir“. Allí acabó el coloquio.
Volviendo al libro de Salinger, decir que lo he leído sin ninguna predisposición, con el único recuerdo de que era una obra imprescindible, de hecho hasta después de su lectura, no he sabido de sus vinculaciones con asesinos, ni su polémica por el lenguaje provocador y temática en la época en la que fue publicado (1951). Vamos, que me he enfrentado al mismo en una situación virginal, lo cual he agradecido a la hora de valorarlo en toda su extensión. De hecho hasta el final he dudado si el protagonista era un adolescente de familia acomodada con problemas o todo era una metáfora, fruto de un enfermo mental que se escapaba de psiquiátricos en lugar de colegios mayores. Puede que de todas maneras ni una ni otra visión estén tan alejadas, se nota claramente un trasfondo contextual propio de la época en el que fue escrito. La sombra de Freud y el psicoanálisis es alargada y en varios pasajes del libro, se nota que era una corriente de la psicología muy influyente en los EUA.
Lo que sí está claro es que Salinger representa muy bien esa turbulencia y caos que significa la adolescencia, una huída a ninguna parte en la que se mezclan sentimientos muchas veces enfrentados hacia un mismo objetivo, amores y odios, todo se eleva exponencialmente justo en un momento en el que uno considera que sus decisiones van a ser definitivas. Holden es capaz de valorar positivamente el libro “Memorias de África” de Isak Dinesen y mostrar un amor protector hacia su hermana pequeña Phoebe; en cambio, en muchos momentos su ello y sus impusos afloran, odiando todo lo que le rodea y enfrentándose él solo a ese mundo que le supera en mucha aspectos.
Me quedo con las dos últimas frases del libro: “No cuenten nunca nada a nadie. Si lo hacen, empezarán a echar de menos a todo el mundo“, y con la canción “Smoke Gets In Your Eyes“, que escucha mientras observa a su hermana Phoebe dar vueltas y vueltas en un carrusel, uno de los pocos momentos del libro en que Holden se muestra realmente feliz.
[audio:http://www.selective-service.net/downloads/2007/08/The%20Platters%20-%20Smoke%20Gets%20In%20Your%20Eyes.mp3]
El que no lo haya leído, puede hacerlo aquí.
{column1}
Con la piel hueca y vacía
y sin un gramo de grasa
el niño momia yacía
silencioso en su carcasa.
“Deje, doctor, sus prebendas
y diga por qué en un día
se volvió nuestra alegría
un amasijo de vendas.”
El doctor dio su opinión:
“La desventura de su hijo
tiene por nombre -les dijo-
“maldición del faraón”.

“Esa noche, en pura lógica,
discutieron el asunto:
“Es nuestro niño trasunto
de una excursión arqueológica.”
Buscaron una razón
más complicada y científica,
pero al fin ganó la mística:
“Es una reencarnación.”
Dos veces logró jugar
con los niños del lugar…
Al juego del sacrificio
arcaico de las doncellas.
Mas huyeron todas ellas
reprochándole ese vicio.

Solitario y rechazado,
el chico momia lloró
y luego se dirigió
a la alacena, encantado.

Las vendas se arremangó
y secándose las cuencas
de los ojos se sirvió
en un bol de figuritas
dos plátanos de unas pencas
y hojas de tanino fritas.

{/column1}
{column2}
Un día en que se encontró
perdido en una honda niebla
entre su espesa tiniebla
un perro momia se halló.

Para esta mascota fiera
en regalos no fue exiguo:
le construyó una perrera
al estilo egipcio antiguo.

Una tarde en que llevó
a su mascota a pasear
de lejos pudo notar
algo que le sorprendió:

En el parque no había un alma,
excepto por una ardilla
y el grupo de una chiquilla
que desgarraba la calma.

Su cumpleaños celebraban
al estilo mexicano
cuando un muchacho entrevió
en el prado más cercano
algo que le pareció justo
aquello que buscaban.”
¡Una piñata! -gritó-.
¡Y de las meras genuinas!
Seguro alguien la llenó
de dulces y golosinas.
“Le dieron con tabla gruesa
hasta ver que el cráneo abierto
no tenía ni una sorpresa.
El chico momia habia muerto.
De entre todos los andrajos
que en el césped esparcieron
sólo vieron que salieron
dos o tres escarabajos.
….y este cuento se acabó con un poquito de música
[audio:http://soundbites.typepad.com/soundbites/files/04_the_fall_im_a_mummy.mp3]
The Fall – “I’m a mummy”
{/column2}
es un cuento de Tim Burton extraído del libro “La melancólica muerte de Chico Ostra“
me voy walking like an egyptian…. nos vemos pronto.
(y que no te jodan el invento)
Frase que se introduce muy alegremente con el fin de echar por tierra el trabajo de alguien y que por supuesto, odio a más no poder: “…que se habrá creido X, si aquí ya está todo inventado…“.
Por suerte o más bien, debido a la propia condición humana, siempre hay alguien que te recuerda de manera inteligente que hay mucho por explorar, decir y hacer. Ello para desgracia del ser inmovilista, que por inútil, intenta no dejar al que puede, evolucionar.
Ese alguien en este caso es una tal Miranda July, escritora entre otros quehaceres creativos, que promociona de una manera muy especial un libro través de una página web, cuyo nombre del dominio es el propio título: “no one belongs here more than you”, algo así como “nadie pertenece aquí más que tú”.
Esta tal Miranda además dirigió hace un par de años una película titulada “Me and You and Everyone We Know“, ganadora de algún premio en el festival de Cannes del año 2005, cuya Banda Sonora fue producida por Everloving records, que a su vez, de entre algunos interesantes grupos, distribuye en USA la música de Cornelius (aka Keigo Oyamada), un japo que hace un ambient muy chulo.
Un ejemplo es este tema de su último álbum Sensuous.
Cornelius – Wataridori

Este último párrafo resume lo que significa para mí Internet: caminos que se bifurcan, entrecruzan, confluyen, enlazan, mueren… Nunca sabes donde vas a parar.







