Este palabrejo cobra vida y triste significado en la bitácora Criterio, de la cual transcribo con puntos y comas.
Renunciar al pasado, ocultar la realidad
El autoodio está muy extendido en Cataluña. No nos referimos a la crítica, políticamente confundida -desde los tiempos de Jordi Pujol y su Banca Catalana-, por propio interés, sino más bien al autoodio personal que algunos en esta bella región española expresan diariamente.
Un caso más, muy significativo, es el de la catalanización de los apellidos, nombres, y si se pudiera del pasado directo y real. Ya contamos, aquí, en su momento la aberrante catalanización de apellidos castellanos para que parezcan de la tierra (como si la tierra hablase), como, por ejemplo, el del nombre de una estación de metro de Badalona.
También denunciamos, en este humilde pero muy visitado blog, la obsesión de las instituciones regionales por catalanizar todo cuanto se pueda, incluso en contra de la voluntad de los ciudadanos, y con más ahínco si es para borrar cualquier vestigio de castellano -que para los efectos es español- que pueda verse en Cataluña. La historia está plagada de cambios.
Pero el autoodio es un paso más. Si uno tiene un apellido como los Rodríguez, García, López o González, por ejemplo, entre muchos de los que hay, se puede cambiar la herencia de la familia por un ridículo Rodrigues, Garcia, Lopis o Gonzales, entre otras muchas variantes existentes y permitidas.
Este es el caso de Antonio Ibáñez -dícese escritor-, ahora Antoni Ibàñez, muy pronto Antoni Ibanyes. Aquí les dejo la carta de respuesta a la solicitud al Instituto de Estudios Catalanes (IEC) para que le aconsejara de la correcta y más utilizada traducción de su apellido:





